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abr

El ángel negro

   Publicado por: La Dama del Reino Prohibido en

 

El ángel negro

 

El ángel negro

“Va a acabar conmigo, lo sé. El ángel negro me acompaña a todas partes, yo soy parte de él, y él es parte de mí. Él es mi condena. Se siente solo, muy solo… igual que yo. Por eso aún estoy a su lado, y él me protege bajo sus alas negras. Tan solo nos tenemos el uno al otro…”

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Sonreía.

El sol descendía lentamente en el horizonte, dejando ver una trama de colores amarillentos y rojizos. Ella lo observaba absorta en sus pensamientos. La brisa marina acariciaba su rostro, y las olas lamían sus delicados pies. Tarareaba una vieja canción que de joven le gustaba cantar. Sentada en la roca, con su silueta recortada contra el atardecer, parecía una hermosa sirena, o al menos eso es lo que él pensó cuando al fin la encontró.

- ¿Dónde has estado? – Le preguntó inquieto.

El recién llegado permaneció de pie, unos metros alejado de ella, pues la costa nunca le había inspirado mucha confianza. Ella se volvió para mirarle, y a él le pareció más bella que nunca.

- Hoy estuve con él. – Respondió ella.

- Parece que te has encariñado con ese chico. – Le comentó él.

- Si. – Ella esbozó una de las sonrisas más increíbles que él nunca había visto.

Permanecieron en silencio unos instantes.

- Deberíamos volver. – Propuso él. – La noche cae, y tenemos muchas cosas que hacer.

Ella dudó, le apetecía quedarse allí y pensar un rato más, pero él tenía razón: se hacía tarde para ellos.

- Vale, vamos. – Dijo al fin.

Ella se levantó, y se acercó a él, que la miró con ternura.

- ¿Te llevo? – Preguntó él desplegando sus siniestras alas negras.

- No, sabes me dan miedo las alturas, ángel negro.

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- Es tarde. – Susurró ella acelerando el paso.

- Es culpa tuya. – Le recriminó el ángel negro.

- Lo siento. – Se disculpó ella con remordimiento.

- No importa. – Intentó quitarle importancia él.

- Tendrás problemas si vuelves a llegar tarde. – Le recordó ella.

- Lo sé. – El ángel negro pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.

- No hace falta que me acompañes, en serio, vete ya o tendrás problemas. – Insistió ella.

- No quiero dejarte sola. – Dijo él.

- Está bien. – Ella sabía que no lo haría cambiar de opinión.

- Pero dime una cosa… – Él dudó unos segundos antes de preguntar: – ¿Qué tiene de bueno?

Ella giró su rostro perpleja, haciendo voltear sus espesos rizos, para contemplarlo a él con una mirada inocente y clara. Entonces volvió a sonreír como lo había hecho en la playa y él volvió a sorprenderse de su belleza.

- Todo. – Ella enrojeció sin darse cuenta, pero el ángel negro lo notó a pesar de la oscuridad que los envolvía. – Él es simpático, divertido, atento, amable con todo el mundo…

- Él es diferente de nosotros. – Le cortó el ángel negro. – Lo sabes, ¿verdad?

- Si. – Ella suspiró profundamente. – Ya veo que te has dado cuenta.

- Pues claro que me he dado cuenta, estoy preocupado por ti.

- Sé cuidar de mi misma, ángel negro. – Le espetó ella irritada sin motivo aparente. – No te entrometas.

- No la haré. – Suspiró el ángel negro, no muy convencido de sus propias palabras.

- Oye, no te preocupes por mí. – Ella pareció arrepentirse de haberle hablado mal al ángel negro, su voz sonó más suave. – Ya sé que él es…

- Un ángel. – Acabó la frase por ella.

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Cada vez estaba más furioso, pues no lograba encontrarla. El ángel negro sobrevolaba velozmente la ciudad en la cual ella residía. La tarde caía lentamente, sin que él tuviera noticias de ella. Al fin decidió aterrizar sobre un tejado musgoso y descansar sus abatidas y oscuras alas. Intentó calmarse pensando con lógica. ¿Dónde estaría yo si fuese ella? Ya había recorrido todos los lugares que solían frecuentar, pero pronto reparó en uno que no se le había ocurrido antes: la playa. A ella le gustaba mucho sentarse sobre las húmedas rocas y contemplar el horizonte. Lleno de esperanza, levantó el vuelo una vez más en dirección a la costa.

Tras recorrer los pocos kilómetros que le separaban del mar, llegó a su destino y descendió suavemente.

No se equivocó: allí estaba ella.

Pero no estaba sentada sobre las rocas como solía hacer, el ángel negro la descubrió en lo más alto del faro situado en la colina que el agua bordeaba. Él se acercó prudentemente y la miró. Ella estaba apoyando sus brazos sobre la barandilla de piedra, y observaba con una mirada triste la playa. Un fuerte viento hacía ondear su larga chaqueta y sus castaños rizos hacia atrás.

- ¿Qué te ha hecho? – Preguntó él.

- Nada… Simplemente se ha ido. – Respondió ella sin mirarle.

El ángel negro avanzó y la cogió del hombro.

-Sabía que esto ocurriría. – Le dijo el ángel negro. – Te advertí que él no era como nosotros.

- ¿Pero por qué? – Ella no esperaba obtener una respuesta. – Todo iba tan bien entre nosotros… – Suspiró profundamente. – Que tiene ella que no tenga yo, ¿eh?

- No te tortures, no es culpa tuya. – Intentó consolarla el ángel negro. – Simplemente él es diferente a nosotros.

- Creí que podría funcionar… – Sollozó ella.

- Eso hubiese sido imposible, recuerda que tu y yo somos diferentes, él no puede entenderte. – Remarcó el ángel negro.

- He sido una tonta… – Reconoció ella. – Quise convertirme en un ángel para él, pero… – Las lágrimas que brotaron de sus ojos no la dejaron acabar la frase.

Ella abrazó al ángel negro en busca de consuelo, sollozando. Él la estrechó entre sus fuertes brazos, y pudo sentir el olor de su cabello.

- Menos mal que te tengo a ti, ángel negro. – Consiguió decir ella al fin.

- Te quiero. – Le susurró el ángel negro al oído.

- Lo sé. – Respondió ella.

- ¿Volvemos a casa? – Propuso el ángel negro.

- Está bien, pero esta vez quiero que tú me lleves.

El ángel negro la cogió entre sus brazos, y se alzó en un vuelo silencioso entre las sombras de la noche.

 

La Dama del Reino Prohibido